Jackson era el “Rey del Pop”. Aquel niño prodigio que bailaba y cantaba histéricamente junto a sus hermanos, los Jackson Five, y que pronto sobresaldría como uno de los músicos más trascendentes del siglo XX. ¿Quién no se acuerda de los pasos hacia atrás o de ese gesto, ya menos burdo gracias a él, de agarrarse los machos?
Magia y talento que han acabado de forma trágica. Esta mañana, medio mundo se levantaba con la noticia. El cantante moría esta madrugada en un hospital de Los Ángeles a donde fue llevado de urgencia tras haber sufrido supuestamente un ataque cardíaco.
La policía abrirá ahora, como hace en otros casos, una investigación para esclarecer las causas concretas de su muerte. Su entorno más cercano ha declarado que últimamente Michael tomaba demasiados medicamentos, sobre todo tras el juicio en el que el cantante se enfrentaba a la grave acusación de abuso a menores en su rancho de Neverland. Y lo peor fue que no era la primera vez, ya fue acusado de los mismos cargos en los años 90, pero sus abogados consiguieron acallar el escándalo con un jugoso acuerdo económico.
Una polémica que supuso un turbio colofón a una ristra de excentricidades que rodeaban al cantante desde hacía décadas. Primero fueron sus constantes operaciones de estética, que no solo le dejaron blanco, sino que le dibujaron una cara y una expresión propias de un dibujo animado. Luego llegaron sus matrimonios fallidos, uno de ellos con la hija de Elvis, Liza Mary Presley. Y más recientemente, cuando sacó a su hijo recién nacido al balcón y casi se le cae. O al menos eso pareció. Según él, solo quería que sus fans lo conocieran.
Unas extravagancias que nunca importaron a sus fans, más bien colaboraron a formar esa imagen de Superstar que todo artista pretende construir a su alrededor para ser recordado como un mito. Y un mito es, sin duda, Michael Jackson que después de cientos de millones de discos venidos y más de una decena de premios Grammy ganados, nos deja sin su talento pero descansa por fin en paz.

